Tradición. El único toreo que todavía se realiza en la Argentina y que muy pocos conocen

Aunque pocos lo sepan, en la Argentina hay un toreo, de larguísima tradición, que se hace todos los años. Cada 15 de agosto, Casabindo, un pueblo de la Puna jujeña ubicado en el departamento de Cochinoca, a 120 kilómetros de Abra Pampa y a poco más de 220 kilómetros de San Salvador de Jujuy, se viste de gala para ser sede del tradicional Toreo de la Vincha. La celebración, una de las más ancestrales de nuestro país, herencia de la época colonial y de la cultura española, consiste en el enfrentamiento no cruento entre un varón -mayor de 17 años- y un toro.

Las reglas del festejo son pocas y muy simples; se necesita agilidad y coraje para esquivar los ataques del toro, que lleva en sus cuernos una vincha roja con monedas de plata. Quien logra quitarle la vincha al toro -luego de al menos tres embestidas- sin dañarlo y sin lastimarse gana y, por tradición, debe ofrecérsela a la virgen.

El popular toreo, único en el país, se realiza durante las fiestas de la Asunción de la Virgen en la plaza principal de Casabindo. Desde muy temprano el pueblo recibe a una multitud que comparte la festividad litúrgica que incluye tradiciones prehispánicas como ofrendas a la Pachamama y el esperado toreo, que despierta tantas emociones como tensiones, muchas de las cuales estuvieron contenidas durante todo el año.

Durante el día del toreo se puede degustar comida local: en los puestitos improvisados para la ocasión se ofrecen picantes de pollo, locro, tamales, humita, papas andinas, habas, mote, chuño y otros platos típicos de la gastronomía local. A las 10 de la mañana comienzan las ceremonias -casamientos y bautismos- y empiezan a llegar los “misachicos”: imágenes de santitos que traen desde otras comunidades y pueblos.

Luego tiene lugar la danza de los Samilantes, que son aquellas personas que van con plumas de suri (ñandúes) en su cuerpo haciendo un baile que es una adoración a la Virgen de la Asunción. También hay una danza de las cuarteadoras que son dos mujeres que van sujetando cada una la mitad de un cordero de las patas y van tironeándose, desafiándose para “cortar” este medio cordero o quedarse con la pata de la otra.

Finalmente es el turno de la misa previa al toreo y la gente se va anotando para participar. En general lo hacen los varones locales. Berta Lamas tiene 37 años y nació en el paraje Río Negro, muy cerca de Casabindo. Ahora “va y viene”. Ella es una de las 150 personas que se consideran “población estable” del pueblo. Con entusiasmo cuenta desde el otro lado del teléfono que el toreo es el gran acontecimiento anual en Casabindo y que genera muchas expectativas.

“Desde el 15 de julio nos empezamos a preparar. Organizamos los recorridos, quiénes van a poner los toros, quiénes van a cocinar, quiénes van a recibir a los turistas, hay muchos preparativos”. En el pueblo “todos los varones están esperando debutar con el toro. Desde los 14 años van a buscar los toros con sus perros y a los 17 ya pueden ingresar en la plaza”. El valor de unos contagia a los otros y la valentía va in crescendo. “Se desencadena una euforia muy linda, sin violencia, llena de alegría”.

Martin Elia nació en San Salvador de Jujuy y trabaja como guía turístico por la Puna y la ruta 40. Sobre su primera visita al toreo recuerda: “Mi primera experiencia en Casabindo fue hace aproximadamente veinticinco años, cuando yo tenía 10. Mi papá y un amigo de él nos llevaron. Me acuerdo que las rutas eran mucho más inhóspitas que ahora. Recuerdo que llegamos hasta Abra Pampa, de ahí tomamos la ruta y luego un desvío. Era lejísimo, puro polvo. En el camino había visto un auto volcado porque, bueno, todos sabemos que la Puna es un altiplano y hay rectas muy largas entonces las personas van muy rápido y los serruchitos y los desniveles de la ruta hacen que muchos turistas desprevenidos o mismos locales que manejan mal tengan accidentes”.

Al llegar a Casabindo, Martín recuerda la sensación de un frío poderoso que calaba en los huesos pero que, con el correr de las horas, fue borrado por la euforia. “Para mí fue algo increíble ver ese toreo donde uno siente una energía de disfrute porque no hay tensión por los daños que pueda sufrir el animal. El torero, si bien muestra su valor, también es un animador, un payaso… una imagen irrepetible”.

Hondura helada

En su voz original, Casabindo significa “hondura helada”. Típico pueblo puneño, tiene un puñado de viviendas de adobe junto a la plaza y las iglesias, todo rodeado por cerros. El pueblo es un tesoro arqueológico donde habitaron pueblos como los casabindos, los atacamas y los coyas, y por donde también pasó el imperio Inca. A pocos metros de la plaza principal se pueden ver pinturas rupestres.

El escritor jujeño Héctor Tizón inmortalizó su impresión al llegar a Casabindo: “Aquí la tierra es dura y estéril, el cielo está más cerca que en ninguna otra parte (…) Sobre esta tierra, en donde es penoso respirar, la gente depende de muchos dioses”.

Emplazado a 3600 m sobre el nivel del mar, el paraje fue fundado en 1602 por los españoles, no tiene conectividad y es de difícil acceso. Además, tanto su geografía como su clima son hostiles. Las rutas por las que se puede acceder no están pavimentadas y si no se cuenta con el vehículo o experiencia al volante es habitual que haya accidentes. .

En Casabindo hay una iglesia cuya construcción se inició en 1777 y es considerada “la catedral de la Puna”. Monumento histórico nacional, fue un encargo del cacique Pedro Quipildor, uno de los primeros que se convirtió a la religión católica y tomó especial veneración por la santísima virgen de la Asunción. Su puerta principal es verde, color elegido para ahuyentar los malos augurios.

En Casabindo hay en total tres alojamientos. Para el toreo de la vincha se habilitan otras piezas o casas particulares aunque la mayoría ofrece habitaciones compartidas. Dato a tener en cuenta en caso de querer participar de la festividad.

Excursiones a Casabindo: R40 Nomads: https://www.instagram.com/r40nomads/; +54 9 388 505 1015 y +54 9 351 676 0010

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