Lobo en otoño

Hay momentos que piden ser retratados, observados, simplemente vistos. Éste es uno de ellos. Por la simpleza, la discreción, el contraluz, lo solitario (qué descanso, Mar del Plata sin multitudes, la misma quietud de cualquier ciudad que, en un día tal vez feriado, descubre las posibilidades del silencio). El lobo marino de José Fioravanti despliega su orgullo de décadas; permite incluso pensar que la foto no tiene tiempo. Pudo haber sido tomada ayer o hace sesenta años. Qué importa: el animal, estampa maciza hecha en “piedra Mar del Plata”, mantiene su postura, las luminarias son tan atemporales como él, del barco que asoma allá a lo lejos apenas se percibe la silueta. Y el sol, esa presencia que poco a poco se filtra por entre las nubes, es el mismo que asistió al trabajo del escultor y acompañó a cada niñito –generaciones de ellos– que posó, feliz, junto al lobo de la ciudad ídem.

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